
Tijuana.- En los últimos meses, el silbato naranja se ha convertido en un símbolo inesperado de la resistencia migrante en distintas ciudades de Estados Unidos. Pequeño, económico y fácil de ocultar, este objeto ha adquirido una fuerte carga política y comunitaria al ser utilizado por ciudadanos y activistas para alertar sobre la presencia de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en calles, vecindarios y centros de trabajo.
El uso del silbato responde a una lógica sencilla pero poderosa: cuando una persona detecta operativos migratorios, redadas o patrullajes sospechosos del ICE, emite una serie de silbidos para advertir a quienes se encuentran alrededor, especialmente a personas migrantes en situación vulnerable. El sonido se propaga rápidamente y funciona como una señal de alarma colectiva que permite a la comunidad resguardarse, evitar ciertas zonas o suspender actividades al aire libre.
El color naranja no es casual. Asociado históricamente con alertas, emergencias y seguridad, el silbato se distingue con facilidad y refuerza su función de advertencia. En barrios de alta población migrante, su uso se ha vuelto parte de una red informal de protección comunitaria, donde vecinos, comerciantes y organizaciones civiles participan activamente en el cuidado mutuo.
Este mecanismo no solo tiene un fin práctico, sino también simbólico. El silbato naranja representa la solidaridad frente al miedo, la organización frente a la persecución y la acción colectiva ante políticas migratorias cada vez más restrictivas. Para muchas personas, silbar es una forma de decir “no estás solo”, incluso sin intercambiar palabras.
Organizaciones pro migrantes han difundido su uso mediante talleres, redes sociales y brigadas comunitarias, aclarando que no se trata de confrontar a las autoridades, sino de ejercer el derecho a la información y la autoprotección. En un contexto donde la presencia del ICE genera temor constante, el silbato se ha transformado en una herramienta de resistencia pacífica.



