
CICUTA
Por Jaime Flores
Exitosísimo administrador de las debilidades de los hombres del dinero está claro que el fallecido Jeffrey Epstein utilizó la depredación como el camino para ser “propietario de los poderosos”.
Y aunque su muerte se convirtió para algunos de ellos en una bocanada de aire fresco, la realidad es que desde el infierno el malvado Epstein provoca sobresaltos en medio de terribles pesadillas.
Para que la historia Epstein pueda ser medianamente digerida, habrá que entender que el poder no siempre se ejerce desde un despacho.
En muchísimas ocasiones opera desde una isla privada, oculta en la tinta de una libreta negra o de una cámara encendida detrás de un espejo.
Para Jeffrey Epstein, no se trató de vender placer a los millonarios, sino acumularles secretos.
Aunque suene redundante: Epstein no fue un genio financiero, sino un administrador de debilidades.
Nació en Brooklyn Nueva York en 1953 y —habrá que señalarlo— nunca tuvo título universitario formal, aunque así logró colarse como profesor en la elitista Dalton School de Nueva York y después logró colarse como operador en Bear Stearns, un banco global dedicado al manejo de inversiones.
Más tarde fundó el Financial Trust Company una fiduciaria que se encarga de administrar activos.
Resulta relevante que —para fundar este consorcio—Epstein recibió el apoyo del magnate Leslie Wexner, propietario de la firma de Victoria’s Secret.
Al trascender la fundación de esa empresa fiduciaria nadie se interesó en saber cuánto ganaba y cómo lo ganaba.
Su fortuna no tenía la transparencia de Wall Street, pero sí la opacidad perfecta para su verdadera especialidad: el chantaje.
Su estrategia era rudimentaria y brutal.
Siempre rodeado de hombres poderosos, entre ellos banqueros, científicos, políticos e incluso príncipes, a quienes les daba acceso a adolescentes para que satisficieran sus instintos carnales.
Sin embargo, su objetivo final no era solo el sexo ilícito sino la grabación del acto.
La coerción no necesitaba amenazas explícitas. Bastaba el riesgo. El escándalo. La ruina pública. En su mansión de Manhattan, en Palm Beach o en su isla en las Islas Vírgenes, Little Saint James. En todos esos lugares la fiesta siempre tenía cámaras.
Claro que el anfitrión —con esos favores— lograba millonarios contratos, además de las influencias y la protección.
En 2008, un fiscal en Florida le ofreció un acuerdo insólito: 13 meses de cárcel con salidas laborales diarias. Un trato que escandalizó años después. Epstein volvió a codearse con la élite como si nada. La red siguió intacta.
En julio de 2019 fue arrestado en Nueva York por tráfico sexual de menores. Las acusaciones describían un patrón sistemático de reclutamiento y abuso. Un mes después, el 10 de agosto, apareció muerto en su celda del Centro Correccional Metropolitano. El dictamen oficial habló de suicidio por ahorcamiento. Las cámaras fallaron. Los guardias no hicieron rondas.
Las inconsistencias alimentaron teorías que aún sobreviven. ¿Negligencia? ¿Silencio inducido? La respuesta definitiva nunca llegó. Lo que sí quedó claro fue que muchos respiraron aliviados.
Entre sus amistades figuraron nombres de alto perfil. Uno de ellos fue Donald Trump, quien en 2002 lo describió ante New York Magazine como “un tipo estupendo” al que le gustaban “las mujeres hermosas, incluso más jóvenes”.
Después marcó distancia. Dijo que rompió con él años antes de su primera acusación formal. Negó conocimiento de los abusos. La fotografía social, sin embargo, los muestra juntos en más de una fiesta en Mar-a-Lago.
La tragedia de Epstein no es solo su biografía criminal. Es el espejo que sostuvo frente a una élite dispuesta a cruzar cualquier línea bajo la promesa de impunidad. Él no inventó la depravación; la administró.
Entendió que el poder masculino se siente invulnerable, confunde deseo con derecho. Y que el miedo al escándalo vale más que cualquier inversión bursátil.
Jeffrey Epstein murió. Su red se fragmentó. Algunos nombres quedaron en expedientes sellados. Otros continúan en posiciones de influencia. Y uno de sus viejos conocidos hoy ocupa la Oficina Oval por segunda vez. Ironías del destino: el hombre que se movía entre fiestas privadas y secretos indecibles terminó como nota al pie y su amigo, como presidente.
En Estados Unidos, al parecer, el pasado siempre compite con la memoria. Y casi siempre le gana.
Positivo
Qué bueno que el gobierno de Tijuana atiende las necesidades de los elementos de la Policía Municipal, incluidos aquellos que ya no laboran porque están incapacitados o simplemente aquellos que los años les cayeron encima.
Al margen que a mediados de semana el alcalde Ismael Burgueño Ruiz entregó un bono anual a mil 823 policías en activo, aquellos uniformados que están en retiro reconocen el compromiso por brindarles el apoyo que tanto necesitan.
Ellos ya entregaron lo mejor de su vida y es justo que tengan un ocaso digno.
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